jueves, 14 de abril de 2011

Tragedia y culpa cuarto crecientes

No vi la luna, de Leonardo De León. 122 páginas. Edita Banda Oriental, 2010.

El Premio Narradores de la Banda Oriental es -valga la aclaración para el lector argentino- uno de los tres premios más relevantes de las letras uruguayas. En su XVII edición, el ganador fue Leonardo De León con No vi la luna, seis relatos donde se explora la cara más sombría de las emociones humanas. El sexo, la muerte, la infancia y los lazos familiares serían las temáticas que elige De León para sus ficciones (si es que las temáticas no eligen al autor; si es que se puede hablar de temáticas en el arte). El primer cuento, homólogo al título del libro, es la crónica en primera persona de una desgracia anunciada, aunque no se sabe exactamente por dónde va a venir: tres amigos recorren la ciudad en un auto descontrolado que funciona como disparador para ir armando la historia de uno de ellos, su relación con la tragedia reciente, sus traumas sexuales. Desde las primeras páginas el tono del autor se establece claramente: a las voces de los personajes (con un uso hiperrealista de los cronolectos y sociolectos) se contrapone la voz poética (más tendiente al recurso de la comparación que a la metáfora) y rica en imágenes visuales de De León. El segundo cuento, “La fuerza del campo” fue el preferido de la crítica, y quien firma no es la excepción. La tradición literaria criollista del Uruguay no goza de una biblia como el Martín Fierro para la Argentina (y su antibiblia, Don Segundo Sombra); es así que los referentes de tierra adentro son diversos y dispersos: Juan José Morosoli (dato: Morosoli es el título de la medalla de oro que obtuvo De León como parte del premio), Francisco Espínola y Serafín García parecen ser los nombres que rondan en las influencias de esta narración. Pero a diferencia de los escritores mencionados, el autor de No vi la luna indaga en lo profundo de la sexualidad rural, cuestión olvidada por completo por Morosoli (que prefiere retratar las vivencias del trabajo campestre y las relaciones de amistad y enemistad) y apenas boceteada por los otros dos. En este sentido, hay una semejanza a algunos cuentos criollistas de Mario Arregui. “Una madre” es una historia con un dejo shakespeareano que es dos historias; desde el inicio uno puede adivinar el punto donde se cruzan. La previsibilidad del final le quita efecto al cuento, a menos que el lector busque el peso en el tratamiento del clima opresivo (que rodea al esquizofrénico protagonista y la voz interna de su madre fallecida). A partir de este cuento se comienza a tensar progresivamente la membrana que separa el realismo crudo de lo fantástico (con la locura como intermediaria en este caso), que no llega nunca a romperse del todo. En “El don” -quizás el cuento donde el morbo voyeurista funciona como mecanismo primario- la infancia y la adultez se articulan mediante el descubrimiento del erotismo (en el primer polo) y la consumación carnal de la fantasía (en el segundo). La tensión argumental se apoya en la sexualidad (con un elemento edípico muy presente) y la culpa moral ante los impulsos; es también una interesante visión inversa respecto al imaginario que gira en torno a la pedofilia. Hay aquí algo de la prosa de Juan Carlos Onetti, en el sentido de que los lugares incómodos y las descripciones y secuencias más perturbadoras generan un cierto placer culposo en la lectura; De León, como aministrador de climas, merece una mención especial, ya que éstos cobran mayoritariamente más peso que los argumentos en sí. Hay un coqueteo con la “ciencia ficción pandémica” (valga la acuñación del término) al estilo de Richard Matheson o H. G. Wells en “La cáscara”, quizás con un anclaje cotidianista leve en la epidemia de gripe H1N1 ocurrida a mediados de 2009; hay también algo del cuento largo Gelatina de Mario Levrero, aunque De León rehuye a cualquier vestigio de absurdo que aquél autor hiciera propio. La paranoia que se desata en pequeñas dosis como resultado de una afección inexplicable (a medio camino entre lo biológico y lo psiquiátrico), sirve de catalizador para plasmar una visión pesimista sobre las relaciones humanas (parentales, de pareja, vecinales) y la alienación de una ciudad que parece desintegrada incluso antes de ocurrir la tragedia, y es por ello incapaz de afrontarla. El libro cierra con “El tala de los angelitos”. De vuelta al ámbito rural, la hija de una familia desintegrada que puja por sobrevivir en la miseria es la protagonista. Hay algo de paradigma social en la forma en que las frustraciones buscan vías de escape: la violencia se ejerce como moneda corriente (mala analogía teniendo en cuenta la precaria ambientación del cuento) entre los adultos y hacia los niños. Pero cualquier vestigio de crítica social se ve superado por los climas y la tragedia, que la niña Beatriz procesa de la peor manera posible. La imagen final es muy efectiva, y tensa al máximo el realismo ya mencionado. En definitiva, No vi la luna suma a De León al subgrupo de narradores jóvenes que el crítico José Gabriel Lagos denominara “los serios”: hay un interés en el lenguaje como herramienta, en la construcción de los climas, en la indagación psicológica de los personajes. El gusto por la tragedia como disparador suma asemeja este libro a la generación que empezó a publicar a fines de los ochenta; autores como Gabriel Peveroni, Gustavo Escanlar y Henry Trujillo supieron explorar las zonas negras de la ficción, como respuesta al cánon del poéticamente correcto Mario Benedetti y al ideologizado Eduardo Galeano. Hay puntos en contacto también con Mecanismos sensibles, volumen de cuentos conque ganara el mismo premio Leonardo Cabrera en 2006. Se le puede reprochar a De León algún abuso de las imágenes que (buscado o no) interfiere en el relato; quizás también la reiteración de hechos trágicos, que podría insensibilizar al lector y reducir el efecto, sobre todo en los últimos cuentos. Sería interesante ver si las los futuros trabajos de De León -que cuenta con un buen augurio al tener en su haber este premio- pueden y quieren explorar otros registros. Sería un paso análogo al de Neil Armstrong, ya que de lunas hablamos.


Federico de los Santos