.jpg)
Anoche me dormí sin darme cuenta. Esto sucede cuando estoy muy cansado. En el sueño vi una caja de cartón. Dentro había una inscripción que combinaba números y letras. Traté de despertarme para reproducir el mensaje cifrado, pero no pude y caí en un torbellino de imágenes inconexas que me asediaron hasta el amanecer. Había un niño, un bebé que me costaba levantar en los brazos. Era muy pesado, y los músculos me temblaban por el cansancio. Después aparecieron dos hombres en la casa de mis padres y entraron con armas para matar a mi familia. Exigieron dinero y se fueron con la promesa de que pronto lo tendrían. Yo le reproché a mi padre sus negocios turbios y le dije que no se atreviera a inmiscuirme en ellos otra vez. Salí llorando y salté una radio que estaba en el piso. Desperté a las once y me vestí rápido para ir a UTU. Estefanía me reprochó que no paso mucho tiempo a su lado debido al rodaje que estoy emprendiendo junto con mis compañeros del curso de cine. Se siente desprotegida, y la entiendo. Sentí culpa. Me lavé la cara en el baño y me quedé mirándome en el espejo. Me corté el pelo hace unos días y todavía no me acostumbro. Lo uso crispado y hacia arriba porque de otro modo no me gusta. Mi madre me obligó muchos años a usar la raya al medio y a ponerme un gorrito de lana después de la ducha para que me quedara lacio; así que nunca más. Ahora está revuelto y me digo que se parece al de Bob Dylan en su juventud. Sin embargo, por la calle la gente se burla y sé que me juzga. Eso me da miedo, porque tengo ganas de matarlos. Siento muchas ganas de matar o de maltratar a la gente. Siento una rabia imponente dentro de mí, y no sé qué voy a hacer con ella. Por eso la cara en el espejo parece de otro. Estoy más gordo y si no me afeito pronto vendrán los granos. Tengo 26 años y todavía tengo granos. Recuerdo que una dermatóloga que consulté en la adolescencia me dijo que a los 21 se irían. Después salí a la calle con las manos en el bolsillo y la mochila a cuestas. Dentro tengo muchos libros, demasiados. Libros que no leo y que llevo por si se abre alguna brecha que me lo permita. Pero la brecha nunca se abre. Un hombre estaba pintando de rojo una vereda. Dominaba el pincel con pericia. Una ex compañera de escuela salía del juzgado. Me crucé con dos alumnos en un semáforo y simulé una sonrisa mientras saludaba con la mano. Los árboles de la avenida Varela están preciosos y se balancean al viento insistente de la primavera. La luz se escurre entre el follaje y dibuja lamparones borrosos en el piso que fui pisando como hojas secas que crujen en el silencio. Llegué a UTU y firmé la entrada. Saludé por obligación a las adscriptas incompetentes de las que hablo mal todo el tiempo. Ellas lo saben. En la sala de profesores había una mujer gorda que luego de algunos minutos empezó a hablar sola, haciéndome objeto de su catarsis. No entendí lo que dijo y me quedé sentado en una silla azul hasta que se hizo la hora para entrar a clase. Enseñé las conjunciones y comí una tarta de zapallo antes de la reunión. En la sala de actos me quedé mirando todo el tiempo un árbol precioso que se levanta justo sobre la ventana mientras los demás discutían sobre no sé qué. Comprendí otra vez que mi vida está plagada de tiempos muertos como ese. Pensé en algunos amigos. Hace tiempo que no sé nada de Damián, ni de Juan, ni de Pedro. Otra vez me di cuenta que estoy solo. Natalia, Abayuba, Jorge, Cristian, Victoria, Agustín, son amigos que ya no están. No sé qué pasó. Realmente no lo sé. Volví caminando con Serrat cantando los poemas de Miguel Hernández. Otra vez los árboles y los lamparones en el piso de piedra laja. Mi ex compañera no volvió a aparecer, tampoco mis alumnos, y la vereda ya estaba completamente pintada de rojo. Venía mirando el piso, y en eso apareció un papel rosado con algo escrito junto a la ranura de una puerta. Lo advertí por el rabillo del ojo, pero cuando le presté real atención comprendí que la caligrafía era la mía, o una muy similar, y que el mensaje allí escrito era sin lugar a dudas el que había aparecido en mis sueños. Me sonreí, porque la costumbre no deja de mitigar la impresión ante coincidencias o causalidades como estas. Llegué a casa con hambre. Saludé a la empleada y prendí la computadora. Aquí estoy. Publicaré estás palabras en el blog y me pasaré la tarde escribiendo poemas que nadie leerá. ¿Para qué?, me pregunto. Y nadie contesta. Tanto tiempo para nada. Quisiera desaparecer. Atreverme a dejarlo todo y hundirme en otro tiempo; romper la cáscara del horizonte y atravesar los confines. Quisiera sentir el viento en la cara e imaginar que mis amigos se enteran de mi huída y sonríen sacudiendo la cabeza como diciendo: “Qué loco este Leo, che…”
Y bueno… Este blog se está cerrando ahora mismo. Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo. Allí, sobre la derecha, les quedan las viejas irrupciones mal escritas. Si me quieren, no se compadezcan. No hay nada de malo en todo esto. Un fuerte abrazo a todos, y gracias por estar.
Y bueno… Este blog se está cerrando ahora mismo. Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo. Allí, sobre la derecha, les quedan las viejas irrupciones mal escritas. Si me quieren, no se compadezcan. No hay nada de malo en todo esto. Un fuerte abrazo a todos, y gracias por estar.



