miércoles 24 de junio de 2009

La magia a la vuelta


Sobre “La tijera de Onetti y otros cuentos” de Rubén Loza Aguerrebere, Ediciones de la plaza, 2008

Me he preguntado con insistencia cuál es la clave del estilo de este escritor; y creo haber llegado a la respuesta, somera en muchos sentidos pero íntimamente satisfactoria, después de leer su último libro: “La tijera de Onetti y otros cuentos”. Los teóricos han señalado con propiedad que la literatura fue creada para aportar al mundo aquello que soñamos, aquello que no se encuentra o no es posible en el universo físico. Cada día comprobamos que la realidad está por ahora lejos de la magia anhelada, y es entonces cuando la literatura -o el arte en general- toma la posta y mediante las astucias de la emoción es capaz de tramar un mundo paralelo donde todo puede suceder. El lector olvida la tragedia, la guerra, la violencia y la soledad de su tiempo, a través las tragedias, guerras, veleidades y rencores del libro. Se hunde como una plomada en ese cauce con la certeza de que visita una vasta geografía de sueños; a veces oscuros, a veces más claros que un destello de luna, pero siempre un portal que nos rescata y nos evade. La particularidad de la obra de Loza Aguerrebere está en que tal cosa no se logra, como en el caso de otros escritores, desde la creación de un escenario alternativo; sino desde la propia, existente, y modesta ciudad de Minas. Sus cuentos recurren a determinados sitios emblemáticos: la plaza Libertad, el monumento del prócer mirando hacia la catedral, el viejo Café Oriental, el liceo Fabini, el diario La Unión, las calles oblicuas que abrevan a los cerros, pero todo descrito desde un prisma tan particular, desde un ángulo por momentos tan plástico y luminoso, que aún para los minuanos resulta revelador. Podría pensarse que la ciudad que consigna el libro difiere de la verdadera, y que la colaboración de la literariedad no hace más que sensibilizar –o sobredimensionar- un pobre referente de mundo que ha oficiado de motivador o apoyatura para el ejercicio creativo. Sin embargo, la clave de este escritor radica en hacer de esa “escrituración” un proceso por el que se descubre la real naturaleza de las cosas. Terminar un libro suyo es comprender que la poesía de Minas no está en la literatura, sino en la propia ciudad, como un tatuaje bajo la piel que va trepando por las capas de la dermis hasta ser visible. No hay divorcio ni brecha alguna entre el desaliento del plano real y el hechizo del plano literario. Allí estriba su destreza, en elaborar una magia que se expande por las superficies de la costumbre cuando el libro se cierra, ideal que debiera cumplir cualquier otra ramificación del arte.
Los catorce cuentos que componen el libro constituyen piezas diversas del ejercicio literario, fluctuando entre el realismo, lo fantástico, la glosa, la elegía. Como todo lector bulímico, el autor se siente en el deber de encomiar a sus maestros. En el primero de los relatos, que le da título al libro, Juan Carlos Onetti llega una mañana de lluvia a cierto boliche de Santamaría para dar cuenta de una muerte y deshilar una trama empolvada por los años y la culpa. Scott Fitzgerald, ilustre integrante de la llamada “Generación perdida”, protagoniza en “Los condenados” un curioso romance que dará la estocada final a su decadencia. “Enigma para Isidro Parodi” narra con la parquedad y la justeza del relato policial un episodio inquietante con Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares como figuras estelares.
Como en casos anteriores, el escritor disfruta con las historias de encuentros y desencuentros. “Un hombre en la carretera” y “Mi abuelo William” probablemente sean los casos, en este libro, que mejor representan tales extremos. Los mecanismos para la vuelta de tuerca son tan inevitables como inadvertidos. Ambos casos garantizan el asombro, la sonrisa, y un sacudón simpático de cabeza.
Uno de los destacados del conjunto, por el delicado matiz en la evocación y el aire fresco de la prosa y de la sátira, es “El escriba de cupido”, donde el autor recurre a una vieja ocupación de adolescencia. Así lo explica en el prólogo: “En mis tiempos de liceal yo escribía cartas de amor para los que no tenían amores propios, y las cobraba si la flecha daba en el blanco de los tiernos corazones.”
Cierra el libro uno de sus mejores cuentos fantásticos: “El señor de la lluvia”. Pese al rasgo imposible del acontecimiento, se respira el aura de Morosli y Dossetti.
Si bien este escriba de querellas y romances es dueño de un estilo personalísimo en el panorama de nuestras letras por lo que al manejo del lirismo y a la tersura de las descripciones se refiere, ha sabido en esta ocasión dosificar al servicio de la anécdota y su efecto. Nos enseña de otra forma, y otra vez, que la magia está a la vuelta.

5 comentarios:

Ignacio dijo...

"Como todo lector bulímico, el autor se siente en el deber de encomiar a sus maestros."

Es decir, ¿come y vomita?
Esta oración resaltó sobre las otras, la vi diferente.

Hebert Zarrizuela dijo...

Ja. ¡Muy buena, Nacho! Usé precisamente esa palabra porque Loza la menciona en el prólogo.

Un abrazo y gracias por pasar.
LDL.

Archiduque de Applecore dijo...

¡Linda reseña!

Parece un libro muy interesante. También me llamó la atención lo de la bulimia literaria.

Lo curioso es que cuando uno deja ese mecanismo bulímico, se vuelve anoréxico. Se encuentra a sí mismo y se olvida de sus maestros.
Ya no "vomita" porque ni siquiera "come".

Telemías dijo...

Leo: lindo texto. Me hace interesar en el autor del que existe un casi total desconocimiento en las librerías maragatas.

¿Cómo les está yendo con el otro Leo?

Saludos

Lola dijo...

Leo, te mando un beso.