miércoles, 31 de diciembre de 2008

Irrupción 23 (Rumbo a Chuy)

Estoy sentado en el living de la casa de mis suegros, en las periferias del Chuy. Es una casa grande que ha ido creciendo como una planta desde que la vi por primera vez. Cada año presenta sutiles o portentosas novedades, pero siempre dignas de ver y apreciar; sobre todo en materia de libros. Robert, el papá de Estefanía, es profesor de historia y compartimos esa afición. Desde que es bibliotecario del liceo, los anaqueles de su biblioteca personal se han visto potencialmente abastecidos; aunque él siempre aclara -con aire severo y catedrático- que las nuevas adquisiciones no son nada más que préstamos “indeterminados”. Esa es la palabra que utiliza. Hace un rato me puse a revolver y encontré la “Historia de la belleza” de Umberto Eco, cosa que estaré leyendo en estos días; al menos hasta que nos vayamos para Aguas Dulces donde me aguarda la “Obra poética” de Circe Maia, digna de leerse frente al oscuro vaivén del mar. Otra de las novedades de este año es el nuevo galpón. Robert está planeando su construcción desde que lo conozco, y al fin ha podido darle forma a la empresa. El galpón viejo era una cosa irregular, indefinida, con los tirantes podridos a punto de ceder. Me cuenta que cuando lo derribó, luego del estruendo y entre el polvo, vio pasar junto a sus pies a dos enormes tarántulas que se hundieron en la maleza del patio. Más allá, y aunque cueste creerlo, una víbora verde se escabulló hacia la casa de los vecinos. Se desconoce su paradero. La rastrillada de escombros lo reencontró con algunos objetos perdidos y, de alguna manera, entrañables: monedas viejas, alguna fotografía rezagada, partes de vehículos antiguos, y toda clase de cachivache que uno va guardando menos por precavido que por sentimental. Todo un cúmulo de cosas que parecían haberse escondido por voluntad propia, al resguardo de las manipulaciones, y que se dieron a la luz luego del derrumbe. Me cuenta Robert que la experiencia fue emocionante además de sorprendente para él; como ahondar en un extravagante baúl de recuerdos. Y es que hay algo curioso en el acto de abandonar las cosas, porque uno descubre que aún lo más relegado se ha convertido en símbolo, en recipiente de un alma vaga que se nos va despojando con el tiempo, que se despende de nosotros como un polvillo para asentarse y esperar en los rincones. Pareciera que en todo momento estamos en un esquema de condescendencia ante el entorno. No sé si es un gesto puro del individuo; una mágica invocación de las cosas que van tramando el desfalco de nuestra vitalidad; o un mero gesto de egoísmo solapado. Pero eso se siente, ¿no es cierto?
Debí llegar ayer por la tarde, pero antes de partir me sentí descompuesto. Tuve que cambiar el pasaje y encerrarme en el baño con la pena y la dicha de ver partir a Estefanía. Pena por causas evidentes, dicha porque sé de su hambruna de madre. El tema es que tenía que apañármelas hasta las dos y cuarto de la mañana -recién entonces podría tomar el siguiente ómnibus-, por lo que el resto del día se convirtió en una larga y extraña permanencia. Mi casa no era mi casa habitual por la sencilla razón de que yo no podía realizar en ella las actividades de todos los días. No podía abrir las ventanas y mirar para afuera, por ejemplo. Los postigos estaban ajustados por cadenas y candados, y deshacer aquello me hubiera traído problemas. Todos los elementos eléctricos estaban desconectados, de la misma manera que los alargues se habían guardado en lugares dispersos de la casa. A Estefanía le gusta hacer las cosas bien, dejar todo en orden antes de la partida; y como el orden es poco menos que una excentricidad en nuestra convivencia, me vi un tanto exiliado en mi propio sitio. Esa sensación de extrañamiento me acometió constantemente, sin ceder. Luego de andar de acá para allá -de la cocina al baño, del baño al espejo del estar, de allí a la biblioteca, y de la biblioteca al cuarto-, me atreví a conectar la tele y el dvd con intenciones de mirar alguna de esas películas que fui bajando a lo largo del año para ver tranquilo en el verano. Era la oportunidad perfecta, pero sólo después caí en la cuenta de que Estefanía se había llevado todo en su bolso. Fue entonces que me dejé llevar por la programación de la TV por cable y me vi las dos partes de “Ace Ventura, detective de mascotas”. Jim Carrey es un tipo payaso, muy despojado en sus gestos, exagerado hasta el mismo exceso de la exageración -sobre todo en estas películas-, pero la verdad que me hizo reír mucho y alivianó la espera. Gracias Jim.
Rumbo a la terminal, me crucé con los personajes nocturnos de siempre: algún borracho, alguna parejita aprisionada en la penumbra, mujeres con exceso de maquillaje y escasez de vestimenta, taxistas agobiados, adolescentes marihuaneros (faasssooo), pero todo bien. Esperé escuchando a Spinetta, hambriento y cansado sobre una butaca de plástico. Traté de hallar al menos la punta de aquella esencia, y garabateé algunos versos a las apuradas: “En la terminal los cuerpos ceden/ como cede un tiempo/ que moroso llega con las ruedas/ y avizora otro camino.// Las miradas que se cierran/ como un antro del pasado/ se debaten con el viento/ que una bolsa tironea./” Lo primero que vi al entrar al ómnibus fue una edición de los “Cuentos completos” de Onetti. Lo estaba leyendo una muchacha de pelo enrulado por los hombros. Iba por el comienzo. Recordé algunos relatos del libro y sonreí satisfecho. Algunos de los personajes de Onetti aparecieron desdibujados entre los primeros empujones del sueño. Después un dolor en la nuca y nada más. Llegamos a Chuy más temprano de lo esperado. Me levanté entumecido y casi por inercia, con el sueño pegado a la cara. Sin embargo, vi que la muchacha del libro todavía estaba sentada, preparando sus cosas para descender. Me miró por un momento y entonces les dije estas palabras: “El infierno tan temido”. Me miró primero con desconcierto y luego con algo de susto. Supuse que todavía no se había cruzado con ese cuento. Sé que se va a reír cuando lo haga.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Irrupción 22 (De entender al aire y un saludo de año nuevo)

Acabo de terminar la ronda por los blogs amigos. Luego de una larga ausencia, Fernanda Trías (ahappydisease.blogspot.com) publicó un nuevo post que habla de la navidad pero no termina de ahondarse en el balance de fin de año. Lo menciona, lo cita al pasar, pero se guarda sus revelaciones. Esa puerta entornada, me parece, oficia de sutil invitación para un balance personal.
El 2008 comenzó con la visita de un ex alumno a las cuatro de la mañana, borracho, acompañado por siete amigotes más y con ganas de pelear. Me recuerdo oculto tras la persiana, calibrando amenazas y presagios, entumecido por un miedo que no entendía del todo. Un segundo, un gesto, una palabra, apenas un ademán de aquella noche fue suficiente para devolverme una cobardía de niño que se había forjado entre las golpizas que me daban los gurises del barrio y mi propia madre. Luego vino la persecuta, la idea de que todo el mundo me miraba y se burlaba de mí cada vez que pisaba la calle. Después el temor en las aulas. Si se me acercaba un alumno, yo daba un salto inconsciente y cruzaba los brazos sobre el pecho a modo de barrera. Pasé dos meses así, encerrado en casa, leyendo y escribiendo lo que podía, pero pronto juzgué todo en vano. Una parte de mí se consolaba con toda clase de argumentos, pero un desgano insondable frustraba toda esperanza. Me fui revolviendo en un odio apócrifo que me quería muerto. Alejé a los amigos, me volví un experto en debates absurdos y en rencores infundados; hijo pródigo de la ruina.
Un día soleado salí de casa para cruzar al cyber de enfrente, y venía un ómnibus ganando velocidad directamente hacia mí. ¿Por qué no?, pensé. ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no acabar con todo esto de una vez? Sería tan sencillo, tan rápido y fulminante. Tan sólo sería un paso. Un paso y nada más, como cualquier otro. Un paso y el cuerpo que se quiebra hasta otro mundo... Pero no pude.
Más tarde, de nuevo en la cama, me asusté hasta el horror de lo que había pensado, y decidí pedir ayuda. Primero visité el consultorio de una psicóloga que me recomendó mi madre: una mujer más bien joven, gorda, que juzgué de inmediato como inferior, como grotesca, como alguien que quiere parecer inteligente pero que se sabe inoperante. Tenía unas manos rechonchas con anillos horribles, y constantemente se tiraba de la camisa para que no se le notara tanto la panza. Usaba rimel, labial, base, y toda suerte de accesorios. A su lado me sentía un coloso, una torre de inteligencia, dueño de un orbe demasiado complejo para ser encasillado en los manuales que ella debía leer antes de dormir. Sólo después de varios meses de terapia habría de entender que esa clase de superioridad era casi una demanda de mi inconsciente para compensar falencias del “yo”. Charlamos de bueyes perdidos durante un par de horas, y me dio el pase a la psiquiatra. Allí comenzó un largo período de estar en las salas de espera sacando órdenes, esperando la consulta, escuchando charlas ajenas, comprando antidepresivos. Mientras tanto, yo seguía trémulo en las clases, pensando en un Quiroga hundido en la selva, habitado por demonios, como un péndulo entre la ternura y la aversión. Por las mañanas me sentía descompuesto, y me la pasaba encerrado en el baño de profesores.
La psiquiatra era macanuda. Una mujer flaca, con la cara hundida y arrugada, penetrante en sus juicios y delicada en sus gestos. Tenía una voz aguda pero encrespada por el tabaco. Charlábamos diez minutos sobre mí, y luego hablábamos de literatura. Era una gran lectora de ciencia ficción, fanática de Stanislav Lem y de Sturgeon. Odiaba a Borges y decía que no podía terminar de entender a la poesía contemporánea. Sus impresiones a este respecto dejaron en mí el fermento de muchas ideas que, con el paso de los meses, me ayudaron a entender y a encausar mi propia poesía. La verdad que me gustaba mucho ir a verla.
En fin, sin excusas cambié de psicólogo. Fue así que conocí a Luis, un tipo más bien gordo, con cejas pobladas y oscuras, siempre sonriente y de ojos tristes. Tenía una mirada vaga en apariencia, indefinida, etérea, pero al poco rato de charla yo sentía que esos ojos leían más allá de la carne, y que flotaban en otros torrentes, en otras geografías del ser. Cada lunes se fue convirtiendo en una revelación. Yo, que me sentía grande, tan superior; yo, una mente en alza, el célebre lector, conocedor de dolores y verdades insospechadas; yo, que leía la “Filosofía Elemental” de Balmes mientras el resto del mundo se solazaba en vanidades y absurdos; yo, que sufría por ser incomprendido y me frustraba por no hallar un congénere digno en materia intelectual… Yo… ¡Yo no entendía nada! ¡Yo era un desastre de pies a cabeza! Me resulta difícil encontrar una imagen que pueda explicar el paulatino descubrimiento de aquella temporada. Imaginemos un abanico cerrado sobre una repisa. Inútil. Tiene un mango oscuro y pulido de caoba con dibujos arabescos, y los pliegues de papel bruñido entre dos tapas del mismo color. Entonces imaginemos que el abanico se abre, pero que se abre lentamente, pliegue a pliegue, revelando un dibujo atroz, magnífico, que nunca termina de poblarse. Un dibujo que se despliega ante el desconcierto y que, semana a semana, no sólo descubre una nueva zona de su entramado, sino que modifica el dibujo previo, ya visible. Un abanico notable, fantástico, que parece infinito en su exhibición pero que al fin una vez termina, y entonces condesciende a nuestra mano y nos permite sentir los primeros enviones de aire fresco sobre la cara. Eso es. Aquellos meses me ayudaron a entender al aire más que a cualquier otra cosa.
El año siguió con sonrisa. Las clases mejoraron, los amigos no tardaron en acudir, y los versos se agolparon a montones sobre el papel. Esa intuición de gloria que tuve alguna vez se fue reduciendo hasta encerrarse en su propio capullo. Algunas cuestiones familiares aún me preocupan, pero me siento fuerte pese al cansancio que, inevitable, se cuela por las gritas de los domingos. Dejé los antidepresivos por decisión propia, y no volví a ver a la psiquiatra.
El 2008 me regaló otras modestas victorias que desde luego agradezco: la confirmación de la efectividad de mi cargo docente y lo mismo para Estefanía, el descubrimiento de mi poesía, la culminación de un nuevo poemario, la dirección de mi primer cortometraje, algunos nuevos amigos que juzgo para siempre -Fabián, por ejemplo-, la participación en un programa de radio como panelista de libros, y la bellísima respuesta por parte de los lectores y amigos de este blog. Me ha ofrecido, además, algunas dichas ajenas que, orgullosamente, he sentido como propias: la mención de Leonardo Cabrera y la consecuente publicación de su libro, el establecimiento de Damián en su nueva familia, el nacimiento de Santiago -el hijo de Pedro Peña-, la preparación de la novela de Juan Arabia, los sonetos del Archiduque y un largo etcétera.
Quiero agradecerle a todos los que se han tomado el trabajo y el tiempo de leer estas modestas irrupciones: a veces morosas, casi siempre equívocas; pero que, por este año, reúnen lo mejor y lo único que pude escribir. Gracias también a los visitantes esporádicos y a todos aquellos que hayan pasado incluso sin dejar huella visible.
Espero encontrarlos más cerca y más juntos en el 2009 que ya nos pisa los talones.
Un abrazo para todos.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Irrupción 21 (Sobre la inercia)


Dice una ley de la física que todo objeto en movimiento, al detenerse, tiende a seguir en movimiento. ¿Cuántas veces nos hemos caído encima de una señora gorda cuando el ómnibus frena abruptamente? Miles, claro. Pues todo eso se lo debemos al principio de inercia, que en estos días me viene complicando la vida. Creo que fue Paul Virilio quien dijo que el vértigo de la post-modernidad ha desdibujado la noción de tiempo real en el individuo. Las aceleraciones de la vida moderna obligan a un despegue de los ritmos naturales, y poco a poco se va gestando algo así como un tiempo paralelo, escindido de las cosas que alguna vez supimos gozar en su justa medida. De nada valen las rebeliones en estos casos. El mundo arrasa y no pregunta; te lleva, te trae, te despoja como a un tablón perdido en la inmensidad del océano.
Este año fue duro e inflexivo en muchos aspectos, pero sobre todo fue un año veloz. Arrastrado por la velocidad del contexto, fui abriendo esa brecha entre tiempos y cuando quise acordar ya estaba mareado, en medio de un torbellino salvaje que fui asimilando a fuerza de costumbre. Ni cruzó por mi cabeza la idea de ceder. No, claro que no. Mientras se aguante hay que darle hasta el fin, pisar el pedal hasta el fondo, rugir y avanzar hasta la meta, sin concesiones. De eso se trata el juego, a ese nivel nos inducen las fuerzas del adentro y del afuera. Por suerte, y en mi caso, aguanté hasta el final, pero sucedió algo curioso que hasta entonces no me había pasado: apenas cumplido el objetivo, no fui reduciendo progresivamente la intensidad del brío como ha ocurrido otras veces, no; en este caso me apagué de inmediato, como después de un chasquido de dedos que, en medio de la luz, da sitio a la oscuridad más absoluta. Todo se esfumó de pronto, la velocidad que borroneaba los paisajes se cortó en un instante inmensurable, y los entornos recobraron la dimensión de siempre. Lo árboles recibieron con una lenta reverencia a los nuevos ojos que descubrían el vaivén pausado del follaje. Las caras amigas volvieron a tener gestos concretos, y descubrí que todavía puedo leer las primeras páginas de la vasta historia de sus miradas. Pero esta impresión de pausa inmediata y relajada es tan sólo la superficie del sentimiento verdadero. Por dentro hay algo que empuja, un torrente, una ola que viene rompiéndose desde la altura y que amenaza con sepultar al tiempo con todo el peso de su atrocidad. Por dentro está la inercia, el remanente activo de aquel vértigo, la ceguera incompleta de los días previos que hoy reviven con algo de salvajismo y, por qué no, algo de venganza. Otra vez los horarios comienzan a invertirse. Duermo de día y vivo de noche. Me despierto para el almuerzo y no vuelvo a la cama hasta las cuatro de la madrugada, sin asomo de sueño pero cansado de leer. Estefanía se da vuelta siempre que llego, me regala un beso, balbucea palabras incomprensibles y vuelve a su posición en la penumbra. Yo me quedo boca arriba, con las manos cruzadas en la nuca, mirando por la ventana la copa inquieta de los árboles de la plaza. Me llega la voz arrastrada de los transeúntes, una guitarra, la detonación de una bomba brasilera.
Y es que el ocio trae las grietas... El silencio suele interpretarse como sinónimo de ir al fondo, y si bien ese viaje puede deparar interesantes aventuras para algunos, para otros es un volver a lo terrible. Si uno sabe detenerse, puede emprender un viaje de regreso con toda la tranquilidad del mundo; pero si no se conoce el verdadero arte de la detención –como es mi caso-, es la inercia la fuerza que domina y ya no somos nosotros quienes por voluntad propia viajamos al pasado; sino que es el pasado quien se nos viene encima por propia voluntad. Y para el pasado no hay graduaciones; puede llegar en el rostro más extraño, con el filo más delgado, con la verdad más imposible.
Ahora son las cuatro y un aire fresco me toca la espalda. Me erizo de pies a cabeza y me digo que ya es hora de terminar el texto; y terminarlo así, abruptamente, para lograr que su inercia se prolongue, aunque efímera, en quien me lee. Sin embargo está el vacío y la duda de quizá no haber dicho nada, el temor de estar volviendo a ese “yo” que creí ya desterrado para siempre. Necesito un consuelo. Así que me levanto y me acerco a la biblioteca. Tomo la “Obra poética” de Circe Maia y abro al azar, en busca de un mensaje misterioso de la providencia, y encuentro esto:


Hay días

Hay días en que andamos como heridos
ya como desangrándonos
pero nada es visible; uno a uno
se realizan los ritos cotidianos:

Se trabaja, se habla
se escucha, se responde
-Sí, no, tal vez. Se dice.
Se pregunta también y la mirada
responde y las palabras
responden… Los circuitos
estímulo-respuesta no han dejado
de funcionar. Funcionan. Pero hay algo
en estos días, roto, no responde.

Un hueco frío, un tajo
silencioso atraviesa silencioso.
Una piedra pesada silenciosa
cae pesadamente
cae.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Onetti


Onetti

Quedó el arrastre de tu lengua perezosa,
la cama que aún conserva tu moldura,
figuras derrotadas que fraguaste,
voz tierna de cachorro envejecido.
Ahora entiendo el recorrido
de tu lenta despedida.
Mostraste que en el alma y sus caprichos,
no en el cuerpo está la vida.
Sobre el humo recostado,
prisionero de ti mismo,
entre crímenes de libros apilados,
botellas con siluetas de mujer,
firmaste ese legado sin la firma.
Tu interés sin interés.
El revólver que jugaba con tu niño:
criatura que con puzzle de los signos
obró rotos recovecos, no aventura.
Tu ventura fue la calma,
tibio infierno aquí en la Tierra.

lunes, 8 de diciembre de 2008

De una tarde de silencio...


Para nada

La plaza se reduce con la gente
y yo con el silencio en mi aposento.
Sin más versos en el alma
llegó la calma a enmudecer
la mancha que de a ratos
se me asoma por la boca.
Se acuña en el papel
de temblor y sin destino:
un comino para todos,
una gloria que a racimos
voy juntando hasta otra vida.
Menos que una nada de mentira
seré para el que ve
en la rosa una rosa florecida,
en el agua un paisaje de postales,
en la tierra sólo un suelo que soporta,
en mis gestos otro loco que camina.
La tonta arremetida
que hoy ausente me reclamo
es cereza en mis heridas:
dulce y fresca despedida de la sangre
que muerde con los símbolos la hoja,
que moja y que la seca hasta otro viaje,
que de gota hasta otra gota
dará cuenta del coraje
que no supo quien me juzga.
Abrirse y derramarse es la victoria
aunque nada nos aguarde.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Pero la puta madre


Sinopsis
Alejandro, un hombre en ciernes, pelea otra vez con su mujer. Harto y entristecido, quiere evadirse mediante la estrategia más citada y popular: la lectura. A lo largo de una tarde recorre la ciudad en busca de un sitio apacible, pero descubre que aún esa minucia puede ser una quimera. El universo conspira en su contra con obstinación. Personajes y situaciones diversas irrumpen sistemática e inevitablemente privándolo de olvido y acentuando su desdicha: su propia madre, un hombre misterioso, una paloma, una empleada pública. Cuando por fin pueda leer, ya refugiado entre los muros de su casa, será para constatar el abandono y el colmo de la desesperación. “Pero la puta madre…” es la muestra de un malestar inherente al ser humano que se descubre en medio del caos y la fatalidad.


La escritura de esta sinopsis en menos de 150 palabras fue el primer paso en la gestación de mi cortometraje "Pero la puta madre". Después hice una suerte de relato (que lejos quedó de serlo) para acercarme el argumento y el orden más conveniente de las vicisitudes. El resto del viaje se hizo cuesta arriba. Tardé dos meses en escribir el guión literario y el guión técnico. Este último me dejó prendido del techo. El escaso tiempo disponible de rodaje me llevó a economizar al máximo el número de planos y emplazamientos de cámara. Rodamos los 37 planos resultantes en tan sólo un día. Iniciamos a las 5:45 con frío, viento y nubes, para terminar a las 19:oo con la camisa pegada al cuerpo. Cubrimos seis locaciones y trabajamos con seis actores. El equipo estuvo constituido por diez personas dispuestas y maleables al ritmo. Este fin de semana editaremos el trabajo y el 13 de diciembre se realizará el estreno en las instalaciones del Centro Cultural Casa de la Juventud. Todo esto ha sido posible gracias al taller de lógica audiovisual dictado por Daniel Amorim y Adriana Nartallo, cineastas de la capital y propietarios de la productora "Hacha y Tiza". En su blog (produccionesdehachaytiza.blogspot.com) podrán encontrar fotos del rodaje de mis compañeros de taller, y también del mío. Ampliaremos en la próxima irrupción.

martes, 2 de diciembre de 2008

Otro poemita


Lluvia fina

Pese al viento que nos besa
y me asesta de otros aires,
el cielo está de luto
y nos vuelca la ceniza.

Se han tapiado las cornisas
que en el aire daban paso
a ese rayo de los días
que hoy calienta otros confines.

Cae el agua como un polvo
que de ayer o de mañana
nos ensucia hasta los gestos:

restos de imposibles
que me cubren de una calma
hasta un sueño que no duerme.

Nadie sabe
y nadie escucha
quien nos grita tras la almohada.