Estoy sentado en el living de la casa de mis suegros, en las periferias del Chuy. Es una casa grande que ha ido creciendo como una planta desde que la vi por primera vez. Cada año presenta sutiles o portentosas novedades, pero siempre dignas de ver y apreciar; sobre todo en materia de libros. Robert, el papá de Estefanía, es profesor de historia y compartimos esa afición. Desde que es bibliotecario del liceo, los anaqueles de su biblioteca personal se han visto potencialmente abastecidos; aunque él siempre aclara -con aire severo y catedrático- que las nuevas adquisiciones no son nada más que préstamos “indeterminados”. Esa es la palabra que utiliza. Hace un rato me puse a revolver y encontré la “Historia de la belleza” de Umberto Eco, cosa que estaré leyendo en estos días; al menos hasta que nos vayamos para Aguas Dulces donde me aguarda la “Obra poética” de Circe Maia, digna de leerse frente al oscuro vaivén del mar. Otra de las novedades de este año es el nuevo galpón. Robert está planeando su construcción desde que lo conozco, y al fin ha podido darle forma a la empresa. El galpón viejo era una cosa irregular, indefinida, con los tirantes podridos a punto de ceder. Me cuenta que cuando lo derribó, luego del estruendo y entre el polvo, vio pasar junto a sus pies a dos enormes tarántulas que se hundieron en la maleza del patio. Más allá, y aunque cueste creerlo, una víbora verde se escabulló hacia la casa de los vecinos. Se desconoce su paradero. La rastrillada de escombros lo reencontró con algunos objetos perdidos y, de alguna manera, entrañables: monedas viejas, alguna fotografía rezagada, partes de vehículos antiguos, y toda clase de cachivache que uno va guardando menos por precavido que por sentimental. Todo un cúmulo de cosas que parecían haberse escondido por voluntad propia, al resguardo de las manipulaciones, y que se dieron a la luz luego del derrumbe. Me cuenta Robert que la experiencia fue emocionante además de sorprendente para él; como ahondar en un extravagante baúl de recuerdos. Y es que hay algo curioso en el acto de abandonar las cosas, porque uno descubre que aún lo más relegado se ha convertido en símbolo, en recipiente de un alma vaga que se nos va despojando con el tiempo, que se despende de nosotros como un polvillo para asentarse y esperar en los rincones. Pareciera que en todo momento estamos en un esquema de condescendencia ante el entorno. No sé si es un gesto puro del individuo; una mágica invocación de las cosas que van tramando el desfalco de nuestra vitalidad; o un mero gesto de egoísmo solapado. Pero eso se siente, ¿no es cierto?Debí llegar ayer por la tarde, pero antes de partir me sentí descompuesto. Tuve que cambiar el pasaje y encerrarme en el baño con la pena y la dicha de ver partir a Estefanía. Pena por causas evidentes, dicha porque sé de su hambruna de madre. El tema es que tenía que apañármelas hasta las dos y cuarto de la mañana -recién entonces podría tomar el siguiente ómnibus-, por lo que el resto del día se convirtió en una larga y extraña permanencia. Mi casa no era mi casa habitual por la sencilla razón de que yo no podía realizar en ella las actividades de todos los días. No podía abrir las ventanas y mirar para afuera, por ejemplo. Los postigos estaban ajustados por cadenas y candados, y deshacer aquello me hubiera traído problemas. Todos los elementos eléctricos estaban desconectados, de la misma manera que los alargues se habían guardado en lugares dispersos de la casa. A Estefanía le gusta hacer las cosas bien, dejar todo en orden antes de la partida; y como el orden es poco menos que una excentricidad en nuestra convivencia, me vi un tanto exiliado en mi propio sitio. Esa sensación de extrañamiento me acometió constantemente, sin ceder. Luego de andar de acá para allá -de la cocina al baño, del baño al espejo del estar, de allí a la biblioteca, y de la biblioteca al cuarto-, me atreví a conectar la tele y el dvd con intenciones de mirar alguna de esas películas que fui bajando a lo largo del año para ver tranquilo en el verano. Era la oportunidad perfecta, pero sólo después caí en la cuenta de que Estefanía se había llevado todo en su bolso. Fue entonces que me dejé llevar por la programación de la TV por cable y me vi las dos partes de “Ace Ventura, detective de mascotas”. Jim Carrey es un tipo payaso, muy despojado en sus gestos, exagerado hasta el mismo exceso de la exageración -sobre todo en estas películas-, pero la verdad que me hizo reír mucho y alivianó la espera. Gracias Jim.
Rumbo a la terminal, me crucé con los personajes nocturnos de siempre: algún borracho, alguna parejita aprisionada en la penumbra, mujeres con exceso de maquillaje y escasez de vestimenta, taxistas agobiados, adolescentes marihuaneros (faasssooo), pero todo bien. Esperé escuchando a Spinetta, hambriento y cansado sobre una butaca de plástico. Traté de hallar al menos la punta de aquella esencia, y garabateé algunos versos a las apuradas: “En la terminal los cuerpos ceden/ como cede un tiempo/ que moroso llega con las ruedas/ y avizora otro camino.// Las miradas que se cierran/ como un antro del pasado/ se debaten con el viento/ que una bolsa tironea./” Lo primero que vi al entrar al ómnibus fue una edición de los “Cuentos completos” de Onetti. Lo estaba leyendo una muchacha de pelo enrulado por los hombros. Iba por el comienzo. Recordé algunos relatos del libro y sonreí satisfecho. Algunos de los personajes de Onetti aparecieron desdibujados entre los primeros empujones del sueño. Después un dolor en la nuca y nada más. Llegamos a Chuy más temprano de lo esperado. Me levanté entumecido y casi por inercia, con el sueño pegado a la cara. Sin embargo, vi que la muchacha del libro todavía estaba sentada, preparando sus cosas para descender. Me miró por un momento y entonces les dije estas palabras: “El infierno tan temido”. Me miró primero con desconcierto y luego con algo de susto. Supuse que todavía no se había cruzado con ese cuento. Sé que se va a reír cuando lo haga.








