viernes 15 de agosto de 2008

Siempre Borges


Dice Lin Yutang en su precioso libro “La importancia de vivir” que todo hombre no es hombre sin un autor favorito. A pesar de sus vicios, de sus hermetismos, de la ceguera que nos hereda y de los muros que nos cerca en derredor, mi autor sigue siendo Borges. Borges y yo tenemos algo más que sueños compartidos. Algo más que una misma súplica en versos. Hace tiempo que no lo visito. Me he permitido la lectura de algún poema, y he cerrado el libro casi con miedo de rehabilitar ese lenguaje tan suyo que se nos aferra, ese lenguaje tan perfecto y caprichoso al mismo tiempo que lo hizo y nos hace. Recuerdo una lejana tarde de sol, por los tiempos de Iscariote, cuando Damián y yo cruzábamos hacia la terminal de Minas. Había una claridad cómoda en el aire, y justo en medio de la calle él me pregunto: “¿No creés que citás demasiado a Borges?”. Y también recuerdo las precisas palabras de mi respuesta: “Qué querés que haga, si no conozco nada más”. Reverente como siempre, respetuoso como pocos en cuestiones íntimas, Damián no agregó palabra. Y todavía hoy sostengo las mías. De todas maneras, el tiempo me ha enseñado que Borges es un mal, pero un mal ingobernable. Hará dos años que no lo leo como se merece, pero no hay día, por exagerado que parezca, que no piense en él. Sin indicación alguna por parte de la psiquiatra, he dejado de tomar el antidepresivo. Monstruosamente, sin reparos ni preguntas. el mundo ha vuelto a revolcarme. Una pastillita, pienso, el paraíso en tan sólo cincuenta miligramos. He llorado algunas noches mientras Estefanía duerme e ignora a mi lado. He llorado ignorando. Lloré ayer cuando volvía caminando del liceo, y no supe. Lloro por no saber y de alguna forma saberlo todo. Lloro por miedo al ver ese pasado que se me viene encima, otra vez. Conozco las causas pero no las entiendo. Y si las entendiera, sospecho que sería lo mismo. Pero ahí Borges, siempre Borges. Hoy volví a leerlo y volví a imitarlo. Lo hago ahora mismo. Ahora mismo lo hago. Y sonrío de dicha y de valor cuando me entiendo en sus palabras.

miércoles 13 de agosto de 2008

Irrupción 16 (Sala de espera)

Por razones que no vienen al caso, hoy fui a parar a las instalaciones de CAMDEL. Habré permanecido tan solo una hora, pero fue suficiente para quedar con el nudo en la garganta. Nudo de impotencia y de calentura. Hablo de rabia, genuina y cotidiana efervescencia en la sangre. ¿Me explico? Y no exagero, mi estado no es otra cosa que la resultante de una larga sumatoria de razones. Hace tiempo que vengo acumulando gota tras gota en el vaso, y hoy me derramé sin dilaciones. El que esté leyendo se va a mojar con mi verborragia. Ya estoy cansado de eufemismos e indirectas. Me cansé de hablar con inteligencia para que no se me interprete, tendré que cambiar de estrategia. Lo voy a largar todo así, con la menor retórica posible; y si el lector es algún directivo de la mencionada institución, mejor que mejor. Espero que se moje hasta el fundillo y que se hunda hasta el corazón de mi protesta, porque hace años que me vengo tragando sus olas de inoperancia y falta de criterio. Les viene bien un bañito que les arranque la costra de la desidia y la cera fosilizada que les tapa los oídos.
Estaba leyendo en la sala mientras esperaba mi turno para la ecografía. En más de una ocasión he comentado el curioso paralelismo entre los libros y la realidad, un fenómeno que puede parecer curioso pero que se asume como normal luego de vivirlo tres veces por semana (promedio). Curiosamente, hoy estaba leyendo un libro titulado “El antimperialismo”, una palabra necesaria para la historia de la revolución libertadora que, en este caso, se me dio vuelta como una media en la cabeza para darme la definición exacta del lugar y la situación en la que me encontraba. ¡Imperialismo!
Esto es fácil, me dije. ¿Cuáles son las condiciones específicas de un régimen imperialista? La respuesta vino en distintas fórmulas de dos palabras: “ganar plata”, “hacer guita”, “volverte rico”, “ganarte minas”, “acomodar nietos”, “comer mucho”, “engordar bastante”, “volar alto”, “creerte Dios”. Y ese parece ser el objetivo inamovible de CAMDEL desde hace muchos años y, concretamente, desde la absorción de COMI. Tal cosa puede tolerarse en un comerciante, o en un ricachón con cerebro de mosquito que no molesta a nadie dando vueltas a la plaza el sábado de noche en su coche importado; pero cuando el tema es la salud, nada menos que la salud, esa serie de condicionamientos que gestan un equilibro integral en el cuerpo humano y, en consecuencia, en su psicología y en su capacidad para adquirir felicidad; en ese caso, el asunto adquiere una dimensión superlativa. Están haciendo malabares con la sustancia más delicada que existe.
No hace falta decir que la finalidad inherente a toda institución de salud debe ser el bienestar de los usuarios, y que ese confort se logra con un plantel ético y condescendiente de los profesionales a cargo, subsumidos en una infraestructura acorde a las necesidades. Me siento casi pelotudo al decir esta obviedad, pero bueno: a mal entendedor, palabras groseras. La experiencia me dice que CAMDEL cuenta con buenos médicos, pero que estos constituyen la minoría; que la tecnología de nada les vale si está mal gestionada, y que la infraestructura con la que cuentan no sólo es diminuta, sino que mal distribuida y sometida a improvisaciones o criterios de turno. Estoy harto (como lo están casi todos) de esperar horas para sacar una orden, ese minúsculo papelito que debería expedirse en cuestión de segundos. Estoy harto (como muchos) de sentarme en la camilla de Emergencias y de ver cómo el médico que debería estar atendiéndome conversa cordialmente con el enfermero y me mira de reojo. Estoy harto (como casi todos) de esperar meses por estudios y especialistas impostergables. Estoy harto de ser tratado como una cosa sin rostro. Harto de bufar por la calefacción y de quedar con la garganta deshecha al salir. Pero claro, algún artilugio deben inventar para mantener los índices de facturación de medicamentos ¿no? Estoy harto de andar entre la mugre y la elaboración paulatina de un sistema que flaquea a cada intento, que devora con gula y desparpajo, que no sabe decir basta.
Hoy mismo, sin ir más lejos, esperé la ecografía en medio de un pasillo diminuto en el que la gente debía contraer los hombros y arrollar las piernas para dar paso a unos obreros que andaban por allí, haciendo chistes y jactándose de sus sonrisas sin darse cuenta que pasaban frente al consultorio de Quimioterapia. Las risas, supongo, se filtraron por las gritas de la madera y entraron sigilosas pero audibles para revolotear sobre la cabeza de alguien solo que hacía preguntas innombrables al pasado. Y claro está que no es culpa de los obreros. La culpa es de quien les dio cabida en un espacio y en una circunstancia que no los requería. La paredes sin pintar, las masillas sin lijar, y las instalaciones eléctricas inconclusas debieron esperar un poco más. Ahora llamen a la limpiadora, por favor. El piso es una vergüenza. Impoluto el piso, no las monedas, señorita…
Puede que algún lector me esté reprochando el perfil absolutista de la réplica. Es probable que espere una lista de soluciones presentadas con la misma vehemencia de mis discrepancias, pero le diré qué: yo no me dedico a la salud. Yo no soy médico ni empleado de CAMDEL. Tampoco soy miembro del consejo directivo. Tan sólo soy un mero usuario desesperado que escribe, acaso inútilmente, esta página que habla por muchos enfermos, muchos rabiosos como yo, y muchos resignados a ese vaivén incomprensible que es la enfermedad.
Mientras yo escribo y usted lee, señor directivo, la gente sufre, la gente pierde esperanza y el suelo de su clínica sigue sucio, y sus médicos siguen durmiendo en medio de la guardia, y la risa de sus obreros sigue taladrando una agonía que siempre es la misma a pesar de las intensidades, las formas o los huéspedes. Mientras sus arcas crecen a la par de un vaso que se llena y se derrama, Hipócrates maldice el nombre que le dieron. Mientras usted rasca el ombligo, seguimos en la sala de espera.

lunes 11 de agosto de 2008

Poema


Harrison

a Damián

Ateo hasta la tumba en mármol bruto
me hago Dios con tus palabras.
Y otro Dios es la mañana que se aleja
hasta el reverso del ocaso que la suelta
sobre el piso de otros cielos que me llaman.
Un Olimpo enredado entre
tus truenos de secretos.
Tres hermanos y la magia
te engendraron la armonía.
Confluye en tu lamento mi lamento
y británico el acento vuelve unánime tu súplica.
Como un Cristo en Bangladesh,
con la cruz en los sentidos,
te eriges en amor de multitudes
sobre tablas que sueñan con la paz.
Antes de esa noche, la Noche,
te dormiste en un lecho de canciones
sin saber que el miedo no era tuyo.
La música temblaba con tu aliento.
Te vela para siempre con los otros.

domingo 3 de agosto de 2008

La máquina de ecos

Año 2005. Recién me había mudado y empezaba a escribir. Estaba solo en el living. No tenía más entretenimiento que la noche y la computadora. Me quedaba hasta tarde esperando un paso, la palabra, el grito o el silbido de alguien que pasara por la calle. Conocí la tortura del insomnio en más de una ocasión. Una vez me propuse escribir un libro de poemas en una hora. Escribirlo sin ganas, sacarlo de la nada para poblar, aunque de manera absurda, el vacío de aquellos días. Me juré nunca corregir el texto para preservar la sinceridad de las palabras. Y cumplí. Hoy me lo crucé por casualidad entre viejos archivos. Lo había olvidado. Algunos versos son casi patéticos, y casi con vergüenza los comparto. El de esos versos soy yo en aquel entonces, aunque de un modo que no termino de entender.

La máquina de ecos de un anochecer atardecido
(Escritura automática en fa menor bemol de una noche insómnica)

I
La máquina de ecos me esperaba en el suelo azul del sueño nunca soñado.
Me sorprendí al verla sola
Llorando
un géiser de pena;
un manantial que me recordó a un perfil ya lejano,
a una tarde cercana,
y a un rostro semidescubierto.
Me acerqué y abracé su cuello metálico.
No me dijo nada, solo balbuceaba: Lágrima...ma...ma...ma...ma.



II
El tiempo me desmoronó un sonido lejano y muerto.
El eco se hizo oce...lo muerto se hizo otreum...
Supe entonces que la cuchara del que juega a toda hora me reflejaba
escribiendo estas líneas dormidas.


III
Paremos de sufrir.
Deja el lodo que llaman barro.
Abandona la tarde que ya es solo sol muerto.
Ven a mi cuarto y hablemos de la hierba...del mate y el café.
No olvides que la literatura es también un estupefaciente.


IV
Perro de ecos petrificados en la lejanía
del nubarrón cansado y desprendido del cielo.
Cansado otorgamiento del verso longevo y paciente
del lector gélido, siempre gélido y arrogante.
Me despido hoy de aquella caricia que una vez me hizo un poema anciano y en agonía.


V
Angustia podrida de sangre.
Te sepultas en el blanco unánime de la superficie de un dedo inútil y vacilante.
¡Acaba ya de manosear el teclado desparejo, amorfo a las ideas!


VI
Eco, eco, eco, eco, eco.

El eco también tiene un eco.
Todo es un eco que también tiene un eco.
Incluso el propio eco del eco, que sin duda
se hace del eco sin saberlo.
Todo eco es una farsa.


VII
..., ..., ..., ..., ..., ...,
..., ..., ..., ...,
..., ..., ..., ..., ...,

(Me entretengo escuchando el eco de los puntos,
que a diferencia de los otros, estos nunca acaban).


VII
Un anillo en las sortijas de tu pelo.
Un tambor de piel para el casamiento.
Un papel tostado que corrobora la competencia del tostador.
Un gemido ausente.
Una sola cosa te pido: duerme en mi pupila húmeda
(Por favor)


VII
La máquina de ecos me acosa
con el reticente recuerdo de un recuerdo.
Me pierdo en el túnel mancebo de la memoria,
y me encuentro con el minotauro que corre y aúlla como lobo

Escucho el eco de sus pisadas contra la gramilla.
El público que me mira, todos como yo.
Ahora me cuentan que el eco de la embestida de los cuernos
contra el pecho abierto se escuchó por horas.


IX

Para eco. Detente.
Si no lo haces, tenderé que utilizar el espejo de una palabra
que te devuelva al sonido original.
Piérdete en la luna de sol cobarde.



X
Mátenme.
Quiero dormir, y esta voz que reitera
el eco fulminante de un verbo infiel: Escribe...escribe...escribe...


XI
El engranaje de la máquina se ha resquebrajado
al evocar la tarde en que todo se perdió en el túnel
de la repetición.
El agua sucia del tiempo me ha petrificado en el
manantial de una hoja sin barrotes ni guardián.
Ahora solo aguardo el grito que me libere.


XII
Una copa de agua por no decir de cristal.
Un vino eterno que Dionisio no conoció.
Eso es la noche...la porción de un mantel manchado
luego del banquete de los dioses.

El símbolo y la enseñanza de que la perdición
proviene de los cielos.


XIII
La flecha de un menguante que fue sable
me comió el corazón de un mordisco.

Sufrí al sentir alejarse el eco del último latido.


XIV
Todo se repite.
Entonces:
El
Eco
No
Es
Original.


XV
Me enfada su persistencia sin sonido.


XVI
Murmullos últimos.
La noche se va para otro lado más oscuro.

Me envía el mensaje que ahora escribo.
Nunca lo leeré; pues hoy me fugo con ella.


XVII

La lengua de la canción me cansa el cartílago
de la oreja divorciada del agua.

(mañana me baño (pienso y decido))

Leeré a Borges para que el eco
de un personaje (elegiré el más violento)
me apuñale la pesadilla que hoy vivo
en el sueño de la vigilia.


XVIII
No tengo hambre, ni locura galopante.
Solo galopo en lo pegasos que mi abuelo adiestra en los cielos.

Siento el abrazo de las alas;
sé que son de mi abuelo, no de la bestia.


XIX
¿Cuándo me detendré, eco de la inspiración ilusoria?


XX

Solo.
Muerto.
Cansado.
Busco un sinónimo y solo se me ocurre un pronombre.
El idioma traiciona mi autoestima sin autoestima.


XXI
Una caricia me dejaste en la almohada del despertar,
no del descaso.
Nunca recibí carta más triste.
Nunca sentí coordinación más exacta de tierra y cielo.


XXII
El ventilador agita el suspiro que expulsé
por la nariz.
Corta el aire muerto que me dejó el insomnio
y la perra poesía de siempre.
Me revuelco en la lluvia del aire
ya purificado por el contacto con el perfume
de su pelo de aloe.


XXIII
El sol se tarda.
Se ha olvidado el reloj de luna
en el armario de seda.
Se ha extraviado en la nube de un cielo
ebrio que todo lo hace difuso.

No he muerto y ya estoy en el cielo.

XXIV
Un alumno.
Otro alumno.
Todos repiten el eco de la responsabilidad.
¿Por qué no entiendo luego de escucharlo infinitamente?
¿Por qué cada letra del verso se obstina en pedagogía sangrante?


XXV
Tengo frío.
La línea que escribo ahora es fría.

Todo es frío a esta hora...esta hora en la que se vive
Y muere. Todo muerto retomo la línea helada de ahora, y siempre,
que se enrosca y muestra que el espiral es también un eco.
Pero más sagaz.



XXVI
Pasó un camión por la calle y la máquina de lo ecos se ha detenido.
Sospecho que el dedo ignorado que ha realizado durante horas ya no ha sido ignorado.
El aventón hacia la caverna de Platón ya inicia.
Ya soy libre, y sin embargo estoy preso desde siempre.

Me sumerjo en la caverna de un plato.
tallarines y tuco lo complementan.

Ceno y me duermo como loquito.

martes 22 de julio de 2008

El libro blanco


Sobre “La Hinteligencia Militar” de Sergio Pesutic’p, Yoea Libros, Montevideo, 1986.

Un libro para lectores hedónicos y holgazanes. Publicado en 1986, “La Hinteligencia Militar” de Sergio Pesutic’P no es otra cosa que un fenómeno elocuente e inédito en el panorama uruguayo. No hay una sola palabra en el libro obviando el título, las solapas, el colofón y la contratapa. Las hojas están vacías (sí, vacías), completamente en blanco; ni siquiera un rasgo numeral corrompe esa tersura inaudita. Cada sector del libro es un espacio para la “broma”, para la confirmación de un acto iconoclasta y experimental del que no se conocen precedentes. El acto literario se consuma entonces en aquellos sitios donde por convención la literatura se relega. Pesutic’P plantea un viraje hasta en la concepción editorial, en el concepto de libro como cuerpo tangible y objeto de una lógica de diseño y diagramación.
La crítica a la insignificancia intelectual de los militares se establece a través de dos procedimientos. El primero es el que surge de la interacción del título con la vacuidad del contenido, lo que le da un rasgo semántico a la cuestión. El mensaje solapado, que bien podría traducirse como, lisa y llanamente, “los militares no tienen nada en la cabeza”, es consecuencia de un fenómeno lingüístico de fusión entre el signo cero y el signo léxico que encabeza (y finaliza) el trabajo. El segundo procedimiento asume un rasgo más narrativo, o de narración recóndita. La notoria falencia ortográfica (Hintelgencia) revela la inoperancia del autor. ¿Pero a quién debemos identificar como autor? Ciertamente que no a Sergio Pesuti’P; él es el amo de toda la sátira, el prestidigitador de la farsa, el hombre detrás de la cortina. Debemos adjudicar el error a un personaje invisible en rol de escritor que se estanca en el título y a quien también podemos asociar al ámbito militar, pues ¿a qué persona externa al oficio castrense le interesaría escribir sobre tal cosa? Quiere decir que la inoperancia de ese escribiente radica no solamente en sus atrocidades ortográficas, sino también en sus limitantes creativas, características inherentes, según Pesuti’P, a su profesión. Por lo tanto, el mero hueco no es vacío. Se lleva a cabo un experimento que elabora, siempre en el campo de la abstracción, una suerte de trama tímida que se repliega al plano de la conjetura. El libro es una nada viva de sutiles mensajes soterrados bajo el talco de la página, una estructura que respira camuflada y que se ríe anónima y mordaz. El vacío no existe, siempre hay algo en él, incluso un reclamo, la imploración por un habitante. El lector, protagonista absoluto, es quien puebla ese vacío a partir de las implicancias del contexto. El vacío, equivalente material al silencio, adquiere el significado de las palabras que lo rodean.
Pero hay más. El libro arremete contra el sistema de la crítica literaria. La contratapa del libro consta de citas textuales apócrifas que juzgan la obra imposible. Comentarios como este: “Abrirlo, leerlo y cerrarlo es una sola cosa”, resultan risorios por la exactitud inteligente que plantean. La ironía es quizá el recurso más sobresaliente: “La construcción de cada personaje, la elaborada trama argumental, la cadencia sincopada y salvaje de cada línea. Un vértigo de belleza”. Esta y otras sentencias ponen en tela de juicio el criterio de la prensa escrita, la que suele incurrir en opiniones que rebasan el optimismo, en construcciones acartonadas, aplicables a cualquier texto, que los columnistas guardan bajo la manga y a las que echan mano cuando el libro no se deja terminar. Un ejercicio interesante de criticar a la crítica.
“La Hinteligencia Militar” no es un chiste aunque cause gracia. Es el testimonio material de un inconformismo que sacude un país de joven democracia, que se anima a probar, un experimento que no rehuye de literatura. Hay matices de ficción, retórica, creatividad, humor, ironía, hasta giros líricos; cualidades propias del discurso literario. La biografía del autor, por ejemplo, puede juzgarse como la síntesis de un relato: “Menor de 8 hermanos, 7 de los cuales fallecieron a temprana edad. El destino quiso que el autor fuera el único sobreviviente de tamaña masacre familiar (…) Dichas circunstancia y el robo de una bicicleta lo marcaron profundamente (…) Durante su juventud ejerció oficios tan inestables como riesgosos: desertor, turista, cobrador a domicilio, árbitro de boxeo, ascensorista (…) Jamás ha concedido una entrevista (…) Hogareño como pocos, sale cada viernes a jugar pool, volviendo a casa el día jueves, muy temprano completamente ebrio.”.
Un libro vertiginoso que se lee cómodamente, y que puede causar locura en una casa de fotocopias. Ideal para regalo de cumpleaños.

martes 15 de julio de 2008

Enigma 17


Así es, los protagonistas de "Los detectives salvajes" se proclaman real visceralistas. Antes de dar las puntuaciones, les comunico que el juego terminará la última semana de agosto. El ganador obtendrá un ejemplar (usado) de la novela "El fuerte", de Adonias Filho. Una pequeña obrita maestra. Ahora sí, las posiciones:

Leonardo Cabrera: 74 + 7= 81 puntos
Damián González Bertolino: 54 puntos
Fabián (Archiduque de applecore): 54 puntos
Pedro Peña: 29 puntos
Franco González Bertolino: 25 puntos
Juan Arabia: 5 puntos.



Según lo expresa James Barrie en "Peter Pan", ¿cuál es la condición necesaria para el nacimiento de las hadas?

viernes 11 de julio de 2008

...

Fidel Castro aplicando la técnica de la extenuación

Sobre la música
Hay una diferencia radical entre la música y el resto de las variaciones del arte: la música es masiva, el costado más pop de la estética. Donde quiera que vayamos, la música está allí, y sobre todo la mala. Es como una presencia unánime, un tapiz inamovible que siempre está junto a nosotros, incluso contra nuestra voluntad. ¿Quién no ha tenido que tragarse la música que escucha el taxista? ¿Quién no ha tolerado un viaje Minas-Maldonado en C.O.O.M con “Los Fatales” como compañía? ¿Quién no ha rechinado los dientes durante media hora en la cola del supermercado mientras escucha “El gato volador”? ¿Qué modesto amante de la música no ha recordado a la madre, a la tía y a la lora del sonidista en los cumpleaños de quince o casamientos? Y es que la música es un mal necesario, omnipresente, quizá una forma de atenuar el silencio y sus acicates; porque es sabido que el silencio llama a las mejores evaluaciones, sondeos de vida que, en la mayoría de los casos, resultan catastróficos cuando se consuman.
Pero lo interesante de todo esto es la incidencia del sonido en la conducta de las personas. Lo corroboro a diario; si hago el trayecto de casa al liceo escuchando a los Beatles, me paso toda la mañana como eléctrico, con una sonrisa de payaso en la cara. Salto y hago piruetas por los pasillos, me río de tonterías y hasta saludo a los colegas que no me quieren y que, por más que los salude, igual no contestan. En fin… Pero si arranco el día con Daurnauchans, por ejemplo, me entra la depre, y me la paso mirando por la ventana mientras mis alumnos se miran entre sí como preguntándose “¿Y a este que le pasa?”. Quiere decir que la música, lo que físicamente se resume a una serie de vibraciones, incide directamente en el comportamiento y, por lo tanto, en las atmósferas sociales. Me temo que las personas encargadas de los medios masivos de comunicación acústica gozan de un arma poderosa. No descarto que la violencia desconcertante de los últimos meses sea consecuencia de un fenómeno musical que se viene gestando desde hace años. Claro está que no es el único factor causante, pero he visto, en más de una ocasión, niños que destruyen cajas o tablones de madrea en la calle mientras imitan con sus bocas el sonido de una pandereta en ritmo de cumbia villera. Juan Arabia, un tipo pacífico, me ha confesado que luego de pasar un tiempo prolongado dentro de un boliche, comienza a sentirse inquieto, al punto de rayar una rabia injustificada. Es una lástima que habiendo un mundo de música tan vasto y misterioso, el mundo de los hombres lo sustituya por tres acordes sintéticos.
No sé…


Mecanismo de defensa
Juan dijo algo que comparto, o que si no comparto al menos juzgo posible e interesante. Hablábamos de Borges y su insoslayable influencia en la literatura contemporánea. El discurso borgeano, a nuestro no ingenuo entender, configuró prácticamente un nuevo idioma, un modelo de estilo que se reconoce de inmediato y que cambió para siempre los parámetros de evaluación ante un texto con pretensiones literarias. Dice Juan que fue tal la cima literaria de Borges, que los escritores siguientes, ante la monstruosidad del monumento, han gestado un mecanismo de defensa que avala el reverso de Borges, es decir, por ejemplo, la mala poesía.


Cansancio
Estefanía estaba en Chuy. Me di cuenta que sin ella la casa, y en consecuencia mi vida, se desmoronan en el caos; sobre todo en lo que refiere a los horarios. Una noche me vi sentado en la cama a la una de la madrugada. La computadora estaba en mi regazo, pero inútil. Me sentía agotadísimo. Afuera estaba el silencio más sordo que he sentido en los últimos años. Hasta los motores habían cedido a la magia del sueño. El cuerpo me imploraba un receso, pero algo se obstinaba en mí y me obligaba a permanecer, cabeceando, con los ojos pequeños y titilantes. Así, en ese estado de profundo cansancio, casi dormido y quizá dormido definitivamente, escribí unos versos que, leídos en la vigilia de la mañana próxima, no he juzgado malos. Dice Juan que están como redactados en otro mundo, y que esa presencia anómala emerge del poema.
Una nueva clave para explorar. No dormir. Llevar el cuerpo hasta los límites de su resistencia, hasta volverlo apenas un débil instrumento de materialización. Hacer que el cuerpo se olvide de sí, o que recuerde apenas su torpe función de movimiento. Lo otro, eso que puede ser considerado poesía, lo hace otro. O no lo hace nadie. Qué importa eso. Se hace, y me basta.