jueves 14 de abril de 2011

Tragedia y culpa cuarto crecientes

No vi la luna, de Leonardo De León. 122 páginas. Edita Banda Oriental, 2010.

El Premio Narradores de la Banda Oriental es -valga la aclaración para el lector argentino- uno de los tres premios más relevantes de las letras uruguayas. En su XVII edición, el ganador fue Leonardo De León con No vi la luna, seis relatos donde se explora la cara más sombría de las emociones humanas. El sexo, la muerte, la infancia y los lazos familiares serían las temáticas que elige De León para sus ficciones (si es que las temáticas no eligen al autor; si es que se puede hablar de temáticas en el arte). El primer cuento, homólogo al título del libro, es la crónica en primera persona de una desgracia anunciada, aunque no se sabe exactamente por dónde va a venir: tres amigos recorren la ciudad en un auto descontrolado que funciona como disparador para ir armando la historia de uno de ellos, su relación con la tragedia reciente, sus traumas sexuales. Desde las primeras páginas el tono del autor se establece claramente: a las voces de los personajes (con un uso hiperrealista de los cronolectos y sociolectos) se contrapone la voz poética (más tendiente al recurso de la comparación que a la metáfora) y rica en imágenes visuales de De León. El segundo cuento, “La fuerza del campo” fue el preferido de la crítica, y quien firma no es la excepción. La tradición literaria criollista del Uruguay no goza de una biblia como el Martín Fierro para la Argentina (y su antibiblia, Don Segundo Sombra); es así que los referentes de tierra adentro son diversos y dispersos: Juan José Morosoli (dato: Morosoli es el título de la medalla de oro que obtuvo De León como parte del premio), Francisco Espínola y Serafín García parecen ser los nombres que rondan en las influencias de esta narración. Pero a diferencia de los escritores mencionados, el autor de No vi la luna indaga en lo profundo de la sexualidad rural, cuestión olvidada por completo por Morosoli (que prefiere retratar las vivencias del trabajo campestre y las relaciones de amistad y enemistad) y apenas boceteada por los otros dos. En este sentido, hay una semejanza a algunos cuentos criollistas de Mario Arregui. “Una madre” es una historia con un dejo shakespeareano que es dos historias; desde el inicio uno puede adivinar el punto donde se cruzan. La previsibilidad del final le quita efecto al cuento, a menos que el lector busque el peso en el tratamiento del clima opresivo (que rodea al esquizofrénico protagonista y la voz interna de su madre fallecida). A partir de este cuento se comienza a tensar progresivamente la membrana que separa el realismo crudo de lo fantástico (con la locura como intermediaria en este caso), que no llega nunca a romperse del todo. En “El don” -quizás el cuento donde el morbo voyeurista funciona como mecanismo primario- la infancia y la adultez se articulan mediante el descubrimiento del erotismo (en el primer polo) y la consumación carnal de la fantasía (en el segundo). La tensión argumental se apoya en la sexualidad (con un elemento edípico muy presente) y la culpa moral ante los impulsos; es también una interesante visión inversa respecto al imaginario que gira en torno a la pedofilia. Hay aquí algo de la prosa de Juan Carlos Onetti, en el sentido de que los lugares incómodos y las descripciones y secuencias más perturbadoras generan un cierto placer culposo en la lectura; De León, como aministrador de climas, merece una mención especial, ya que éstos cobran mayoritariamente más peso que los argumentos en sí. Hay un coqueteo con la “ciencia ficción pandémica” (valga la acuñación del término) al estilo de Richard Matheson o H. G. Wells en “La cáscara”, quizás con un anclaje cotidianista leve en la epidemia de gripe H1N1 ocurrida a mediados de 2009; hay también algo del cuento largo Gelatina de Mario Levrero, aunque De León rehuye a cualquier vestigio de absurdo que aquél autor hiciera propio. La paranoia que se desata en pequeñas dosis como resultado de una afección inexplicable (a medio camino entre lo biológico y lo psiquiátrico), sirve de catalizador para plasmar una visión pesimista sobre las relaciones humanas (parentales, de pareja, vecinales) y la alienación de una ciudad que parece desintegrada incluso antes de ocurrir la tragedia, y es por ello incapaz de afrontarla. El libro cierra con “El tala de los angelitos”. De vuelta al ámbito rural, la hija de una familia desintegrada que puja por sobrevivir en la miseria es la protagonista. Hay algo de paradigma social en la forma en que las frustraciones buscan vías de escape: la violencia se ejerce como moneda corriente (mala analogía teniendo en cuenta la precaria ambientación del cuento) entre los adultos y hacia los niños. Pero cualquier vestigio de crítica social se ve superado por los climas y la tragedia, que la niña Beatriz procesa de la peor manera posible. La imagen final es muy efectiva, y tensa al máximo el realismo ya mencionado. En definitiva, No vi la luna suma a De León al subgrupo de narradores jóvenes que el crítico José Gabriel Lagos denominara “los serios”: hay un interés en el lenguaje como herramienta, en la construcción de los climas, en la indagación psicológica de los personajes. El gusto por la tragedia como disparador suma asemeja este libro a la generación que empezó a publicar a fines de los ochenta; autores como Gabriel Peveroni, Gustavo Escanlar y Henry Trujillo supieron explorar las zonas negras de la ficción, como respuesta al cánon del poéticamente correcto Mario Benedetti y al ideologizado Eduardo Galeano. Hay puntos en contacto también con Mecanismos sensibles, volumen de cuentos conque ganara el mismo premio Leonardo Cabrera en 2006. Se le puede reprochar a De León algún abuso de las imágenes que (buscado o no) interfiere en el relato; quizás también la reiteración de hechos trágicos, que podría insensibilizar al lector y reducir el efecto, sobre todo en los últimos cuentos. Sería interesante ver si las los futuros trabajos de De León -que cuenta con un buen augurio al tener en su haber este premio- pueden y quieren explorar otros registros. Sería un paso análogo al de Neil Armstrong, ya que de lunas hablamos.


Federico de los Santos

viernes 16 de octubre de 2009

Hasta la vista


Anoche me dormí sin darme cuenta. Esto sucede cuando estoy muy cansado. En el sueño vi una caja de cartón. Dentro había una inscripción que combinaba números y letras. Traté de despertarme para reproducir el mensaje cifrado, pero no pude y caí en un torbellino de imágenes inconexas que me asediaron hasta el amanecer. Había un niño, un bebé que me costaba levantar en los brazos. Era muy pesado, y los músculos me temblaban por el cansancio. Después aparecieron dos hombres en la casa de mis padres y entraron con armas para matar a mi familia. Exigieron dinero y se fueron con la promesa de que pronto lo tendrían. Yo le reproché a mi padre sus negocios turbios y le dije que no se atreviera a inmiscuirme en ellos otra vez. Salí llorando y salté una radio que estaba en el piso. Desperté a las once y me vestí rápido para ir a UTU. Estefanía me reprochó que no paso mucho tiempo a su lado debido al rodaje que estoy emprendiendo junto con mis compañeros del curso de cine. Se siente desprotegida, y la entiendo. Sentí culpa. Me lavé la cara en el baño y me quedé mirándome en el espejo. Me corté el pelo hace unos días y todavía no me acostumbro. Lo uso crispado y hacia arriba porque de otro modo no me gusta. Mi madre me obligó muchos años a usar la raya al medio y a ponerme un gorrito de lana después de la ducha para que me quedara lacio; así que nunca más. Ahora está revuelto y me digo que se parece al de Bob Dylan en su juventud. Sin embargo, por la calle la gente se burla y sé que me juzga. Eso me da miedo, porque tengo ganas de matarlos. Siento muchas ganas de matar o de maltratar a la gente. Siento una rabia imponente dentro de mí, y no sé qué voy a hacer con ella. Por eso la cara en el espejo parece de otro. Estoy más gordo y si no me afeito pronto vendrán los granos. Tengo 26 años y todavía tengo granos. Recuerdo que una dermatóloga que consulté en la adolescencia me dijo que a los 21 se irían. Después salí a la calle con las manos en el bolsillo y la mochila a cuestas. Dentro tengo muchos libros, demasiados. Libros que no leo y que llevo por si se abre alguna brecha que me lo permita. Pero la brecha nunca se abre. Un hombre estaba pintando de rojo una vereda. Dominaba el pincel con pericia. Una ex compañera de escuela salía del juzgado. Me crucé con dos alumnos en un semáforo y simulé una sonrisa mientras saludaba con la mano. Los árboles de la avenida Varela están preciosos y se balancean al viento insistente de la primavera. La luz se escurre entre el follaje y dibuja lamparones borrosos en el piso que fui pisando como hojas secas que crujen en el silencio. Llegué a UTU y firmé la entrada. Saludé por obligación a las adscriptas incompetentes de las que hablo mal todo el tiempo. Ellas lo saben. En la sala de profesores había una mujer gorda que luego de algunos minutos empezó a hablar sola, haciéndome objeto de su catarsis. No entendí lo que dijo y me quedé sentado en una silla azul hasta que se hizo la hora para entrar a clase. Enseñé las conjunciones y comí una tarta de zapallo antes de la reunión. En la sala de actos me quedé mirando todo el tiempo un árbol precioso que se levanta justo sobre la ventana mientras los demás discutían sobre no sé qué. Comprendí otra vez que mi vida está plagada de tiempos muertos como ese. Pensé en algunos amigos. Hace tiempo que no sé nada de Damián, ni de Juan, ni de Pedro. Otra vez me di cuenta que estoy solo. Natalia, Abayuba, Jorge, Cristian, Victoria, Agustín, son amigos que ya no están. No sé qué pasó. Realmente no lo sé. Volví caminando con Serrat cantando los poemas de Miguel Hernández. Otra vez los árboles y los lamparones en el piso de piedra laja. Mi ex compañera no volvió a aparecer, tampoco mis alumnos, y la vereda ya estaba completamente pintada de rojo. Venía mirando el piso, y en eso apareció un papel rosado con algo escrito junto a la ranura de una puerta. Lo advertí por el rabillo del ojo, pero cuando le presté real atención comprendí que la caligrafía era la mía, o una muy similar, y que el mensaje allí escrito era sin lugar a dudas el que había aparecido en mis sueños. Me sonreí, porque la costumbre no deja de mitigar la impresión ante coincidencias o causalidades como estas. Llegué a casa con hambre. Saludé a la empleada y prendí la computadora. Aquí estoy. Publicaré estás palabras en el blog y me pasaré la tarde escribiendo poemas que nadie leerá. ¿Para qué?, me pregunto. Y nadie contesta. Tanto tiempo para nada. Quisiera desaparecer. Atreverme a dejarlo todo y hundirme en otro tiempo; romper la cáscara del horizonte y atravesar los confines. Quisiera sentir el viento en la cara e imaginar que mis amigos se enteran de mi huída y sonríen sacudiendo la cabeza como diciendo: “Qué loco este Leo, che…”
Y bueno… Este blog se está cerrando ahora mismo. Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo. Allí, sobre la derecha, les quedan las viejas irrupciones mal escritas. Si me quieren, no se compadezcan. No hay nada de malo en todo esto. Un fuerte abrazo a todos, y gracias por estar.

martes 6 de octubre de 2009

Noticias


Y en el medio del estudio
sobre el cine y el encuadre
me enteraron sin preludio
que los meses me harán padre.

Y es así como lo cuento
crean nomás esta noticia,
casi casi una primicia
que ahora escribo en el contento.

Hace días que ando loco
y hasta un poco delirante,
como padre ando flamante

y no ajeno a este sofoco.
En un vientre crece lento
toda cura a mi lamento.

sábado 19 de septiembre de 2009

Mi mejor poema


Quizá el objetivo por excelencia del escritor sea el de hacer de su obra una ocasión inolvidable. Yo siento que el arte, ante todo, es una forma de anular la fugacidad del tiempo y la memoria. Como Borges, estoy convencido de que tal cosa puede lograrse con un único verso, acaso con una sola palabra. Basta pensar el espacio y, como dije antes, la ocasión. Tengo muchos poemas dedicados a Estefanía, y todos pretenden recordarle a toda hora que estoy enamorado de ella. Hoy encontré la solución. Y, para redundar en Borges, la solución está en el espejo.

jueves 17 de septiembre de 2009

Irrupción 35 (Cositas aisladas)


Hace poco le decía a Leonardo Cabrera por MSN que mi blog estaba famélico. Y nada más cierto. Hace mucho tiempo que no tengo espacio ni ganas para la escritura apresurada de una irrupción, o para ensayar un registro menor de mis días. Cada vez que aparece alguna de esas incitaciones, me pregunto: ¿Qué les puede interesar a esos nobles muchachos, amigos y lectores del blog, lo que me ha ocurrido en estos días si, al fin y al cabo, no ha pasado casi nada? Bueno, estuvo el Encuentro de Escrituras. La verdad que la pasamos bárbaro. Lo mejor fue el viaje en ómnibus. Las sierras fueron cambando de calor al cabo de dos horas de trayecto, y una niebla tímida se fue dejando aplastar por la lluvia. El agua dibujaba en el cristal caminitos hinchados como venas que se ramificaban con la ayuda del viento. Llegué y repetí ese trayecto que hice tantas veces en época de estudiante, y después apareció Damián y Victoria; y terminamos en Aiguá, en plena noche oscura y silenciosa, presentando “El increíble Springer” en un salón adornado con láminas que homenajeaban a los Desaparecidos. Al día siguiente leí el fragmento de un cuento para dos grupos del Liceo Departamental junto a Roberto Poy: caricaturista, poeta, narrador, peregrino y un etcétera tan amplio como desconocido. Me temblaba un poco la mano porque en el relato había mucho sexo y los personajes entraban en un motel minuciosamente descrito por el narrador, incluida la película porno proyectada en la tele. Pese a mi reticencia, las cosas salieron bien y todos nos divertimos mucho. Más tarde leí poesía en la Casa de la Cultura y me sentí muy cómodo junto a los veinte (no más) concurrentes. Disfruté sobre todo del diálogo con ellos, y una cosa me impresionó particularmente. Cuando iba por la mitad del poema “Al hijo” (un poema misterioso para mí, dedicado a alguien que todavía no existe), levanté la mirada y vi que una mujer estaba llorando. Las lágrimas le resbalaban por la cara como las gotitas en el cristal del ómnibus, y ella pasaba su mano por los pómulos para dejar una película delgada de agua salada que le quedaría impresa en la piel por algunas horas, y que yo casi pude oler cuando se acercó sobre el final para darme un beso. Todos los otros escritores, en su mayoría, eran simpáticos y afables. Me quedo, sobre todo, con la amistad de Angélica Freitas y con los versos de Alicia Salinas, que es de Rosario, como Fito. Espero escribirles pronto, si me dan las pelotas. Aprovecho, antes de seguir con otra cosa, para agradecer a todos los otros escritores y amigos que se acercaron. La lista es larga y el recuerdo intenso. Mejor me callo.
¿Qué más contar? Pues les dejo algunos momentos que yo considero raros, curiosos más bien, y que me han ocurrido en estas últimas semanas.

1
Voy caminando hacia la UTU. Siento calor, mucho calor. El sol me da en los hombros y para colmo llevo puesta una campera con forro de corderito. Esto de ser precavido siempre me causa molestias. Me falta poco para salir con paracaídas. El tacto me avisa que la camiseta se me está pegando al cuerpo, y se me ocurre que al llegar y alivianarme de ropa, yo y todos los demás vamos a implorar al unísono por un desodorante. Pero no me detengo. Sigo dando grandes zancadas mientras miro mi objetivo a los lejos, cuidando como buen guardabosque que ningún alumno se me escape antes del tiempo reglamentario de espera. En eso un tipo cruza la calle directamente hacia mí. Tiene brazos largos hasta la rodilla, y su cara es puro hueso. Me impresionan sus ojeras, pronunciadas y negras como pintadas con carbón. Por un momento, incluso, pienso en la posibilidad de que le hayan dado una buena piña en cada lado, para dejarlo parejo. Se murió mi padre, Leo, me dice… Hoy se murió mi padre… Está evidentemente angustiado. Le tiembla la voz. Atino a decir lo primero que me sale, mientras siento que el sudor me corre por la espalda. Bueno, le digo, tranquilo… Tenés que vivir el duelo como puedas, qué le vas a hacer… Tratá de buscar apoyo en tus seres queridos, ellos te van a ayudar… Él se queda mirando el piso y sigue su camino como si alguien lo hubiese empujado a prepo. Me agradece echando una mirada sobre su hombro, y yo sigo de largo. Me he devanado los sesos pensando en quién era ese tipo, pero francamente no lo sé. Tan sólo tengo seguridad (relativa) de que es huérfano de padre, y de que sabe mi nombre.

2
Otra vez está lloviendo. Hace días que no para. Llego del trabajo y me tengo que ir a comprar una pizza porque Estefanía no está y porque, ya lo saben, soy un desastre en eso de la cocina. Una vez quise hacer huevos fritos y me salió mal. Ya sé… Son tres pasos: poner el aceite, romper los huevos, ponerles sal. Yo me olvidé del tercer paso, y al segundo lo aplico muy bien en otros contextos. Lo cierto es que ingreso en la pizzería y me encuentro con todo el plantel de mozos y demás mirando hacia fuera con gesto preocupado. Yo trato de seguirlos para enterarme de la cuestión, y mi mirada se cuelga de las suyas como un equilibrista a un cable delgado, y se desliza a toda velocidad hasta llegar al otro extremo. Una nenita está sentada en el cordón de la vereda, bajo la lluvia. Es rubia y tiene bucles perfectos que no llegan a caerle sobre los hombros y que en días secos deben crisparse sobre su cabecita como un sol de verano. No tiene más de seis años, calculo. Los pies están sobre la calle y cortan parcialmente el paso del agua que se precipita calle abajo. Ella abre su cuaderno y se pone a pintar. Algunos mozos dicen que habría que ir y preguntarle, o que lo mejor sería llamar a la policía, algo… Yo estoy a punto de iniciar el camino cuando ella se levanta, guarda sus cosas en la mochila, y se va.

3
Estoy dando clase: José Martí. Trabajamos con una estrofa del poema IX de “Versos sencillos”, más conocido como “La niña de Guatemala”. Yo estoy embalado y hablo y muevo los brazos frenéticamente, como con una pila Duracel clavada en la nuca. Me hago el copado y cito una estrofa de memoria: “Se entró de tarde en el río/ la sacó muerta el doctor./ Dicen que murió de frío,/ yo sé que murió de amor”. Los alumnos ríen y yo también, pero enseguida se me activa ese sentido arácnido que me advierte de posibles amenazas cercanas. Al fondo hay un grupito de cuatro varones que tratan de ocultarse la cara amoratada por la tentación. ¿Qué pasó?, les digo más serio. Entonces uno de ellos me contesta que se están riendo del segundo verso… ¿Cuál?¿”La sacó muerta el doctor”? Y ahí mismo estalla la carcajada y se estira por toda la clase como la masa de una torta frita. Qué bárbaro. Ahora cada vez que pienso en el poema me imagino a un tipo con túnica blanca, meando contra una pared… Algo así… Qué fácil es matar al arte, descubro más tarde.

4
Me siento mal y tengo que ir al médico. Me forro de paciencia. Me unto cada rinconcito de ira e intolerancia para no comportarme como un canalla; porque muchas veces me pongo canalla con quienes están detrás del mostrador, y termino incurriendo en conductas que penalizo a los cuatro vientos desde que soy un púber. Saco la orden y me siento frente a una mujer muy veterana que está sentada junto a otra flaquita, como replegada sobre sí misma, o como si padeciera de un retorcijón poderoso causado por alguna comida rica en fibra o por un yogurt pasado de fecha, yo qué sé… Más allá, un señor con el ceño fruncido de camisa amarilla que mira una libretita. A su izquierda hay otro viejo de boina. En eso irrumpe una voz que grita un nombre que no es el mío, haciendo que el viejo se levante presurosamente y le haga un ademán a la señora junto a la mujer con retorcijones. Le cuesta levantarse, y la otra, más joven pero evidentemente circunspecta por la fuerza que tiene que hacer para controlar el tirón de las tripas, se limita solamente a empujarla sin moverse de su posición. La veterana logra ponerse de pie y, de pronto, resbala y todo su cuerpo queda inclinado, a punto de caer. Rápidamente se endereza sin que la joven ensaye el más mínimo gesto. Debe ser la nuera de la vieja, me digo. Enseguida vuelve la voz estridente y me llaman. Me atiende una doctora con una cicatriz enorme en la frente, como si alguien le hubiera dado un hachazo. Pero debió ser alguien flacucho nomás, con brazo débil, porque la mujer pensaba bien y no mostró síntomas del más leve daño cerebral. Me puso el termómetro en la axila y me auscultó los pulmones. Sentenció cuatro días de licencia médica y recetó unas pastillitas amargas que me causan acidez. Al salir, veo que la mujer descompuesta me mira con gesto triste pero resignado, como diciendo “Mi suegra sigue viva” o “creo que me cagué”. Cuando voy llegando a la esquina y mi cuerpo se prepara para bajar el cordón, escucho un clic a mis pies. Me había quedado con el termómetro puesto.

jueves 10 de septiembre de 2009

Un fragmento de las cartas de Rilke


"Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien -ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie... No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: "¿Debo yo escribir?". Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Sí debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde".

sábado 22 de agosto de 2009

Borges: otro viaje a la semilla

(Fotografía de Gorge Gómez, segundos antes de que Damián anunciara que había ganado el Banda)

Emilio Martínez Cardona nació en Minas y vive desde hace muchos años en Santa Cruz de la Sierra. Es autor de "Noticias de Burgundia", "Libro de los espejos", "El banquete", y otras obras tan satíricas como inteligentes. Hace años escribí un artículo sobre su obra completa para la revista Iscariote, cuyo editor y director (Damián) tuvo la gentileza de publicar como nota de tapa. Recuerdo ahora el título que le pusimos: "¡¡¡¿Quién rayos es este tipo?!!!" A Emilio le encantó. Lo conocí en el 2005, y enseguida acordamos libros y autores dilectos. Borges ha sido en estos años nuestro tema más obsesivo de conversación. Les dejo un texto de su autoría que emula el mentado cuento de Carpentier para encomiar al maestro argentino, a los 110 años de su nacimiento.

Según esta cronología inversa o antibiográfica, la historia comienza en el cementerio de Plain Palais en Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986, de donde el cuerpo de Jorge Luis Borges es trasladado a un departamento de la Grand Rue 28. Allí presenta los primeros signos vitales y comienza un notable proceso de desarrollo, aunque está completamente ciego. En un claro síntoma de lucidez, el 26 de abril Borges se divorcia de María Kodama mediante un poder dado a un juez de Paraguay.
Meses después, en diciembre de 1985, Borges viaja a Buenos Aires y publica su ópera prima: “Los conjurados”. La celebridad es instantánea. Kodama lo acompaña en carácter de secretaria privada. Borges cada vez se siente mejor y los síntomas de su enfermedad parecen estar cediendo.
En materia política apoya al radical Raúl Alfonsín, diciendo que “no es peronista, ni marxista, ni gángster”. Viaja por Italia, España, Portugal y Marruecos y toca la piel de un tigre vivo, tema que más tarde le servirá de inspiración para varios poemas y cuentos.
Se manifiesta en contra de la guerra de Las Malvinas e incursiona por primera vez en el ensayo con el libro “Siete noches”, en base al cual dictará una serie de conferencias.
Junto a otros intelectuales firma una carta abierta cuestionando a la Junta Militar argentina. Gana el Premio Cervantes. En 1976 se rumorea que podría recibir el Premio Nobel de Literatura, cosa que no sucede, y meses después recibe la Gran Cruz de Bernardo O´Higgins de manos de Augusto Pinochet.
Sus posiciones ideológicas han cambiado desde los tiempos de la carta abierta y junto a Ernesto Sábato, otro de los firmantes del documento, participa de un almuerzo en la Casa de Gobierno con el general Videla. Se vincula al Partido Conservador y el gobierno militar es reemplazado por otro civil, encabezado por María Estela Martínez de Perón.
En 1975 María Kodama deja de asistirlo como secretaria privada. Borges publica “El libro de arena”, considerado una de sus más grandes creaciones. Ese mismo año su madre, Leonor Acevedo, se incorpora en su cama luego de una larga convalecencia y comienza a fortalecerse. Borges vivirá con ella en un departamento de la calle Maipú 900.
En 1973, con la salida del peronismo del gobierno, Borges accede a la dirección de la Biblioteca Nacional. En 1970 su nombre vuelve a ser mencionado como posible merecedor del Nobel, según una encuesta de Il Corriere Della Sera. Borges se siente más fuerte y algunas arrugas comienzan a borrarse de su frente. Se independiza de su madre y vive con Elsa Astete Millán, su segunda esposa, de quien se separa el 21 de septiembre de 1967.
En 1961 comparte con Samuel Beckett el Premio Formentor. Abandona el Partido Conservador. En diciembre de 1955 se aleja de la Academia Argentina de Letras y meses después debe dejar la dirección de la Biblioteca Nacional, cuando el gobierno de la “Revolución Libertadora” es desplazado por el régimen de Juan Domingo Perón.
Comienza a desarrollar la vista, en un largo proceso que él mismo define como “Un lento amanecer que duró más de medio siglo”. Abandona el bastón que lo había acompañado durante años.
En 1951 publica “La muerte y la brújula”, en uno de cuyos cuentos hay una enigmática alusión a un intento de suicidio, que de alguna manera prefigura un hecho que habrá de suceder más tarde.
En 1949 publica “El Aleph”. Al año siguiente, su madre y su hermana Norah son encarceladas y luego participan en un acto antiperonista.
En 1946, después de un brevísimo paso como “inspector de aves de corral”, cargo con el que intentó humillarlo el gobierno de Perón, Borges comienza a cumplir funciones en la Biblioteca Municipal Miguel Cané. Apoya a la Unión Democrática, una alianza entre radicales, conservadores y socialistas que se opone al populismo peronista.
En 1944 publica “Ficciones” y en 1938 un paradójico accidente contribuirá a mejorarle su capacidad visual: luego de una septicemia se golpea la cabeza contra una ventana. Ese año su padre, Jorge Guillermo Borges, se incorpora desde el lecho de muerte.
En una reseña de “Der totale Krieg” de Erich Ludendorff, escribe que “Fascismo y comunismo –nadie lo ignora- abominan por igual de la democracia”. Deja su cargo en la Biblioteca Miguel Cané.
En 1936 intenta suicidarse en el Hotel Las Delicias de Adrogué. Se arrepiente a tiempo y viaja a Buenos Aires, donde vende su revólver. En 1935 publica su último libro de cuentos: “Historia universal de la infamia”. Desde entonces, Borges será esencialmente poeta.
Hacia 1933 parece volver a sus simpatías radicales de tiempos del alfonsinismo. Ese mismo año, el escritor francés Drieu La Rochelle dice que “Borges vale la pena el viaje” y luego visita Argentina.
En 1931 abandona el consejo de redacción de Sur y el 27 de mayo de 1929 comienza a colaborar en la revista nacionalista Libra, junto a Alfonso Reyes, Leopoldo Marechal y Francisco Luis Bernárdez. En 1924, un juvenil Borges se entrega a la vida bohemia, recorriendo las orillas y los barrios porteños.
Participa en el grupo literario Florida y colabora en la revistas Martín Fierro y Proa. Publica su último libro, “Fervor de Buenos Aires”, comentado por Ortega y Gasset en la Revista de Occidente.
Entre 1920 y 1919 frecuenta en Madrid la tertulia de Rafael Cansinos Asséns. En esta época escribe “Los ritmos rojos” o “Los salmos rojos”, poemas en homenaje a la Revolución Rusa que por fortuna nunca entrega a la imprenta. El 31 de diciembre de 1919 publica en la revista ultraísta Grecia su último poema: “Himno al mar”, escrito al estilo de Whitman.
Se establece en Ginebra y comienza a olvidar el latín, el francés y el alemán. En 1914 vuelve con su familia a Buenos Aires, donde su padre retoma el ejercicio de la abogacía y la enseñanza de la psicología. Por esos años, su padre le hablará por última vez de Baruch Spinoza y del anarquismo filosófico de Spencer.
El año 1908 es particularmente creativo para Borges, que traduce “El príncipe feliz” de Oscar Wilde y escribe sobre mitología griega.
Su estatura se reduce y su voz se vuelve más aguda. Durante los siguientes ocho años se recluye cada vez más en su casa paterna, donde lee y recita poesía junto a su hermana Norah.
Son años marcados por las conversaciones en inglés con su abuela Fanny Haslam. Pero ya se evidencia la declinación de las facultades mentales de Borges, ocaso que hacia 1900 lo lleva a la pérdida del habla y luego a una virtual inconciencia.
La familia se muda desde su quinta en Palermo al centro porteño, a una casa de patio y aljibe. El 24 de agosto de 1899, Jorge Luis Borges vuelve a la seguridad del vientre materno y ocho meses después a la nada, o al Todo, que podría ser un sinónimo.
Ahora Borges ya no es Borges, sino la sangre de sus ancestros. Su influencia literaria se reflejará en autores como Chesterton, Coleridge, De Quincey y Emerson. Se dice que su Pierre Menard sirvió de inspiración a Cervantes y que algunas de las ideas expuestas en su obra tuvieron eco en las doctrinas de los heresiarcas del siglo II de nuestra era.